
Bellas Artes (Tenochtitlán) 31 de diciembre de 2024
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(CDMX). Por alguna razón, nunca fui bueno para recibir retribución monetaria por trabajos independientes periodísticos y/o académicos, para cobrar por textos publicados, conferencias, participación en foros o clases magistrales. A estas alturas (y ojo, no es queja) me queda claro -al menos en mi caso- que, ser consecuente, solidario, sensible, crítico y desinteresado, tiene un costo contundente en tiempos neoliberales. Se vive al límite, al día, sin respaldo, en total indefensión económica, incluso soportando bromas de contemporáneos o colegas que rápida o inexplicablemente se enriquecieron (no los juzgo, cada quien sus filias y fobias).
Sin embargo, me considero afortunado de ser parte de una generación de privilegio que vivió distintos procesos históricos/político/sociales, fascinantes e irrepetibles desde fines de los sesenta del siglo pasado, hasta la vorágine virtual de hoy (revolución de la información). Me abrió el horizonte al conocimiento, conocer a grandes autores, a líderes de opinión y conflictos “in situ”, accediendo a fuentes primarias, y evolucionar (lo cual siempre busco) para comprender causas y consecuencias sociológicas, además de seguir aprendiendo de nuevas generaciones (millenials y nativos digitales).
En este contexto, hace muchas décadas descubrí a una imaginación curiosa, incomprendida, tímida, agazapada pero audaz, que buscaba su libertad –sin darse cuenta- en el latir de las palabras. Leyendo y preguntando, los “por qués y para qués” de siempre. Tal situación me condujo a estudiar periodismo/economía y después a escribir compulsivamente para no ahogarme, en lo que sea: hojas sueltas, servilletas, pedazos de cartón recogidos del suelo, en desorden, o caos saltando de un texto a otro.
Al llegar a mi vivienda, retomaba las ideas y las trasladaba a cuadernos, o cuando tenía suerte a la “Olivetti”, una maquina de escribir azul, varias veces empeñada y rescatada del Monte de Piedad (años ochenta del siglo pasado). Entonces prefería la soledad, acompañado de un mate (infusión suramericana), o cerveza, otras con un libro o apunte flamígero que empujaba a escribir, cavilando un amor desterrado, recordando decepciones, emociones, encuentros, certidumbres, dudas, corajes y nostalgias. Todo en historias, crónicas y micro relatos sin saber por dónde iniciar o cómo seguir, sólo fluía.
A los diecinueve años, mis escritos tempranos eran rejegos, obstinados, apocados, y quizás en exceso autocriticados por mi alter ego, por lo tanto, los ocultaba y destruía. Mis referentes en ese tiempo, eran poetas/escritores mexicanos y latinoamericanos de experimentado oficio. Coincidencia o no, no tuve guía, o elementos para continuar. Pasaron varios años, lugares, ciudades, países y circunstancias hasta que el peligro extremo y pérdidas familiares forjaron en mí, una resiliencia (en el registro y la difusión) que ya poco le importaba el control de calidad de nuevas introspecciones.
Algunos textos míos vieron luz en revistas universitarias impresas, pero es, en la carretera virtual donde alcanzaron insospechada presencia en otras latitudes (traducciones incluidas en inglés y francés). Se habían vuelto contenidos intrusos llenos de ansiedad, experiencia, necesidad, rencor, dolor y alegrías.
Y vuelvo a “teclear” pasada la medianoche o de madrugada, explayándome frente al espejo sin epidermis, a pedradas o latigazos, corrigiendo una y otra vez, con dedos humedecidos, esperanzados o jubilosos, siempre abrigado por pausas y silencios.
En estas épocas me cuesta escribir, es increíble cómo me disperso y distraigo. Frente a la computadora me levanto cien veces, hablo solo, camino enjaulado entre libros, cuadernos, anotaciones y mucho desorden. Sin privacidad, maldigo la limitación de espacio y parafraseo a Cristina Pacheco “Aquí, nos tocó vivir”… ¡ni modo!, prosigo con letras extenuantes. Entonces pienso que la escritura es una adicción, una droga que convierte la tensión nerviosa en relatos, artículos o frases que luchan con la voz interior, para salir. Me alienta saber que no se irán conmigo.
Y vuelvo a escribir, viviéndome, transparentándome en sueños y des-sueños, buscando luz para adentrarme en sombras. Por ahora, es suficiente…
(Escrito el 30 de marzo de 2017, en el Ombligo de la luna)
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Referencias:
-El Nacional Monte de Piedad es una institución mexicana (personalidad jurídica propia y sin fines de lucro) que ofrece préstamos prendarios. Actualmente cuenta con más de 310 sucursales en todo el país, dicha institución fue fundada en febrero de 1775, por Pedro Romero de Terreros.
-Tenochtitlán, fue la capital del imperio mexica, se caracterizó por ser una ciudad con origen en una isla del lago de Texcoco, fue destruida por los conquistadores españoles en 1521. Se cree que la ciudad (hoy CDMX) fue fundada en 1325, tras ver un águila posada en un nopal, un fenómeno que los mexicas consideraban un signo o señal divina. Tenochtitlan se convirtió en una de las ciudades más grandes del mundo en su época, y en el centro de un poderoso estado que dominó gran parte de Mesoamérica.
-A la Urbe capitalina “México”, también se la conoce con una de sus principales acepciones que significa “Ombligo de la luna o en el ombligo de la Luna”, la cual proviene del náhuat, Metztli: Luna, Xictli: Ombligo y Co: Indicativo del lugar.
(*) Periodista (Escuela de Periodismo C.S.G.) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).