

Foto referencial 1: niño Fidel, Escuela Primaria “Miguel Estenssoro”. Foto referencial 2: Desfile en Plaza Tte. Lea Plaza (Hoy 12 de agosto), Yacuiba.
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Caminante de silencios y distancias, Fidel Carlos Flores se mide todos los días en el tamaño de sus nostalgias por la tierra que ama. En sus palabras, la nostalgia es una “intrusa” que agita sus añejos sentimientos y le conduce “a un regreso de quebrachos y cordilleras”. Es del Chaco.
Que cada hombre se aprende su infancia para siempre es una evidencia incontrastable en Flores. Vive en México desde los años ochenta del siglo pasado, tiene consolidada una familia mexicana, aquí se forjó periodista y economista, aquí enseña en universidades y escribe para diarios, aquí es un activo promotor de culturas y arte, aquí, en fin, tiene la vida hecha, pero no. Fidel Carlos Flores se amarra a su niñez de “ulinchas y volantines a monte y pecho descubierto”. Es gente que viene y va mirando al sur.
Persiste en sus felices regresiones: “vuelo fulgurante (…) al filo del infinito aguaragüe (y) allí veo los llanos del Tumpa y, con él, la piel del Chaco”. Son versos recientes, de julio de 2013. Nació en un “pueblo-frontera”, como la gente suresteña de mi patria llama a las ciudades colindantes con Argentina. Es de Yacuiba, en el Gran Chaco, de Tarija.
Decir Chaco remite en Bolivia a un episodio estrujante, por ejemplar e inolvidable, de la historia republicana. En aquella región y sobre los eriales hacia el Este, hubo una guerra con el Paraguay en los años treinta del siglo XX. Historia bélica por el petróleo y el gas (que no se quedaron los paraguayos, como era su objetivo), ingentes recursos naturales que ahora, en poder soberanos del Estado, reportan sólidas ganancias económicas directas a los pueblos bolivianos.
Pero es de Flores que se ocupa este texto. Periodista por la Escuela Carlos Septién y economista por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), lleva su carrera sujetando ambas bridas, en México, Bolivia y otros paises latinoamericanos. La prensa y las universidades de Santa Cruz de la Sierra, por ejemplo, saben de sus capacidades y proyección profesionales.
Maestro de generaciones, director de “interespublico.com”, editor de revistas, “textoservidor” y “Fidelgando” se define en sus poesías, y guía de sensibilidades artísticas musicales (es un percusionista de tambores y bombos folklóricos), Fidel Carlos es el amigo mejor bienvenido entre los círculos de compatriotas de la diáspora. Decir esto último es de un mérito extremo teniendo en cuenta la neurosis y el recelo patrimonialista de las comunidades bolivianas radicadas definitiva o temporalmente en el exterior.
Él trae y lleva siempre una propuesta optimista, suele motivar el amor al país y la solidaridad con los más necesitados a los que en otra de sus poesías llama “negados”. Dice: “revivamos un instante en la esfera del sentido común y a corazón descubierto –ofrezcamos- el paraíso preciso de un amor compartido” (“La Fragilidad de un Instante”).
Flores, en fin, es de los ciudadanos autocríticos que la sociedad, toda sociedad, necesita para ser auténtica y necesaria al hombre, a la convivencia, “para manejarse serenamente entre la exaltación y la depresión”. Como escribe para los pueblos de su infancia lo hace para la Ciudad de México, entre muchos motivos para los días de lluvia que calan a los chilangos.
Dije lluvia y, como él, vuelvo la mirada atrás, hasta los días en que lo conocí en el Ciudad de México. Fue en 1982, en medio de los afanes y traumas por grabar un disco de urgente solidaridad con una amada región boliviana estrujada por una sequía de más de mil 200 días. Reportes de prensa y cartas familiares -en ese tiempo no había internet- nos daban cuenta de la tragedia social por la falta de lluvia y vida en los ríos, con una cauda de hambruna, desesperanzas y éxodo de al menos medio millón de indígenas lugareños del norte de Potosí, de donde soy oriundo, y había que hacer algo desde México.
Fidel Carlos Flores y su grupo musical “Calicanto” -todos compatriotas universitarios- me ayudaron a consolidar esa gesta en un disco LP. Grabamos una bella cantata titulada “Sequía” y todo el dinero recaudado por ventas aquí y en Bolivia fue entregado a los organismos de derechos humanos y de la sociedad civil para ayudar a las familias damnificadas que… Pero esa es otra historia. Y estos son algunos fragmentos que de Fidel Carlos Flores guardo en el disco duro de la memoria.
Ciudad de México, marzo 2014.
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(*) Potosí, 1940. Poeta, periodista y escritor. Premio Ramón López Velarde de poesía (México 1982) y de Periodismo del club de periodistas de los Estados Unidos Mexicanos (1995); Medalla de oro al mérito profesional y creación intelectual Franz Tamayo, de la Asociación de Periodistas de La Paz (1996); Premio a la dignidad de la prensa Luis Espinal Camps, del Sindicato de Periodistas de La Paz (1999); Premio Boliviano Clase Mundial de la Federación Latinoamericana de Periodistas y empresa Transredes, Santa cruz de la Sierra, Bolivia (2003), Premio Nacional de Culturas (2019), entre otros.