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CDMX, invierno de 2024. Soy suresteño y yacuibeño urbano de nacimiento, de familia humilde, comerciante y campesina, de manera que una mis percepciones más vitales de mi infancia son a los 4 – 5 años en el kínder Raquel C. de Ávila (un día del estudiante) disfrazado de Zorro, y otra correr semidesnudo y descalzo (pata pila) con los brazos abiertos en verano, dejándome apapachar por la intensa lluvia a pleno sol o jugar futbol con pelota de trapo bajo “luz de luna” en las calles del pueblo. Curiosidades del Chaco.
En general a los papás aprendes a comprenderlos cuando eres mayor, creo que heredé el carácter empático de mi padre, su entusiasmo por las cosas, la aventura y la obsesión. Atesoro el aval y fortaleza materna/paterna acicalando mis alas para luego emigrar, allende frontera.
Salir del nido, aún menor de edad era natural – o al menos así lo consideré- y luego de pasar por conflictivas estaciones, adolescente me instalé en Ciudad de México. Y así, corrió el tiempo (con la mirada cejijunta de Cronos) años, décadas, vicisitudes y experiencias.
A la vez, llegaron lecturas, reflexiones y escribir como catarsis. En ocasiones encontré el discurso de la imaginación para entender una realidad, que en si misma era contradictoria, sin verdades absolutas. Al principio, tímidamente trazaba mi prosa en cuadernos viejos que luego se extraviaban, hasta que algunos textos los leyó un experimentado periodista y poeta y me dijo ¿por qué no los difundes o publicas? Pues sí ¿verdad? -respondí- desde entonces, sin pretensiones los dejé volar.
En los micro relatos, crónicas y reflexiones que publico hay un poco de mí, como una vivencia transfigurada, divago introspectivamente hasta encontrar auténticas voces, o caminos lúdicos que luego transcribo.
En mi circunstancia actual, observo grupos, círculos y hasta sectas literarias, que son usadas para establecer relaciones o vínculos con editoriales y revistas, no he buscado infiltrarme. Transito al margen.
Una ocasión un amigo escritor me comentó, quién te conoce y lee, sabe que estás ahí, cabalgando o mirando entre líneas. Por lo que descubrí -sin proponérmelo- que ese era el objetivo.
A estas alturas del andar (primer cuarto del siglo XXI) escribo incesante, resiliente y obsesivo, a piel viva, construyendo escritos, latidos consecuentes y esenciales –al menos para mí-.
Al océano virtual van mis contenidos ceñidos de sonrisas, lágrimas, nostalgias, preocupaciones. Unas veces, atravesando piélagos infestado de mercantilismo extremo, filias y fobias; mares mezquinos, des-almados y egocéntricos. Otras, traspasando impuestas cosmovisiones que intoxican esencia humana y bien común. Hay de todo.
En esta urbe (Ombligo de la luna o Tenochtitlán) me es recurrente leer, pensar, luego escribir, luego existir, luego ser. Y así continuar tal círculo virtuoso (pensamiento crítico) exprimirlo y saciarme de su néctar. No imagino otra manera de ser. Y aunque en estos tiempos a pocos –o casi nadie- les importa reflexión o autocrítica. Sigo.
Tiempos de redes virtuales enredadas -contradicción implícita- ya que como nunca antes las generaciones nuevas tienen acceso a la información, pero simultáneamente acrecientan analfabetismo funcional (que persigue imágenes explícitas, violentas, inmediatez, superficialidad, manipulación, etc) situación que se refleja en estadísticas negativas. En este contexto -en general- cada vez se desvanece más el hábito de leer, escribir y pensar (prácticas que acicalan y forjan el espíritu).
El escribir no solo deja un testimonio fijo, sino que permite la concentración, el cuidado, la maduración y elección de las palabras, la posibilidad de volver a ellas para perfeccionarlas, afinarlas, disfrutarlas.
En el escrito introspectivo (en tiempo, circunstancia y espacio) lo que fue, sigue siendo, y quedará ahí para contribuir a despejar o repensar: Dudas y/o certezas dadas.
Escribo -pues- por necesidad, mi escritura es breve con atisbos de realidad, momentos de lucidez, utopía y sentimiento. Al final, es una forma de contar mi idealizado mundo.
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-A la Urbe capitalina “México”, también se la conoce con una de sus principales acepciones que significa “Ombligo de la luna o en el ombligo de la Luna”, la cual proviene del náhuat, Metztli: Luna, Xictli: Ombligo y Co: Indicativo del lugar.
(*) Periodista (Escuela de Periodismo C.S.G.) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).
Un brillante exponente de una corriente casi extinta. Opino que debiera ser mejor ponderado por los medios que están urgidos de verdaderos y comprometidos talentos, como Fidel Flores.
¡Muchas gracias! querido Milton, Un abrazo para ti, y tus seres queridos
Gracias querido amigo Milton, gracias por tus palabras y leer nuestros contenidos