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Parte 1
19-S: ZONA CERO. Instintivamente nace la solidaridad, en los momentos más álgidos, en esos instantes el periodismo queda en segundo y tercer plano…regresa a ti, solo en los descansos (contactos y registro), claro con respeto porque también hay familiares buscando, luego sigues y sigues. Los latidos ciudadanos palpitan al unísono adelgazando el pellejo, es momento de hablar poco y actuar mucho. Ya después, habrá tiempo para escribir.
Hoy lunes 25 ya no estamos allí (Bolívar y Chimalpopoca), a un costado del Eje Central Lázaro Cárdenas), hace dos horas pasé por la zona y los civiles fueron retirados, continúo mi rutina cotidiana en el Centro Histórico –crisis incluida- y vuelven a mi cerebro en “flash back” detalles, escenarios, rostros, olores, etc. La semana transcurre continúan las réplicas, mientras repaso vivencias.
En el esfuerzo de jalar estructuras con sogas junto a otros voluntarios y amontonar restos en cubetas llamó mi atención: papeles, archivadores, cuadernos y registros, que surgían de los escombros. Alguien de arriba, para hacer espacio los quitaba y pasaba al que estaba al lado y así en cadena hasta mero abajo, me tocó recibir varios porque era el último- los puse en carretilla y recipientes, pero algunos soldados se percataron y me ordenaron que tales papeles fueran hacia un salón de la escuela (estructura vecina que había resistido el terremoto) para mi eran escombros, pero caí en cuenta que había interés en papeles y documentos. ¿Qué historias oscuras tendrán? ¿Qué fantasmas los habitarán? Veo también en mi regresión rollos de telas blancas y sucias pero intactas, debió ser el sector de una bodega.
De pronto, el puño en alto de un rescatista de la vanguardia, y se multiplicaban en cascada otros puños arriba, entonces seguía un sepulcral silencio. Todos “mirada fija”, casi conteniendo el aliento, momento después otra señal y continuaba el incesante ruido de quitar escombros.
En medio de la tensión el sonar de mi celular (por el Wifi libre del lugar) y hasta que descargaba los escombros de mi carretilla y continuaba un relevo, entonces torpemente leía los mensajes…apenas contestaba -por el temblor de los dedos- Mario (civil voluntario) que estaba cerca mío, en el rudo ajetreo terminó por perder una uña de la mano.
Continuaba la intensidad de las llamadas, llegó un punto en que no sabía con quién o qué periodista estaba hablando, la interacción quedó registrada en la memoria del celular. Sin embargo, coincidieron dos reacciones rápidas, una de ellas: radio de Buenos Aires (Argentina), y la otra del colega Ezequiel de Santa Cruz (una década atrás nos habíamos conocido). En el fragor de la adrenalina increíblemente lograron pasar imágenes vía whatsApp de mi reporte de contexto –zozobra incluida-, además de una entrevista que hice a Mario, quien cuatro horas antes me introdujo a zona cero.
Apropiada la reacción de Ezequiel, quien con el escaso material recibido preparó un reporte internacional difundido, minutos después por su cadena televisiva. Igual comportamiento tuvieron los medios argentinos.
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Parte 2
ADELGAZANDO EL PELLEJO (Ciudad de México, 10 AM del 20 de septiembre de 2017).
¿Dónde estás cuate, dónde? -Salgo de zona precintada y voy por ti- Se entrecorta la señal- ¿Qué Mario, qué? Maldición, no te escucho bien, vengo del metro Allende, me trepé al primer micro que pasó por Bolívar…llegó al límite y no hay paso, ahora mismo estoy pasando la cantina Mundial, por el Toks Bolívar –vuelve la señal- .
¿Mario me escuchas? Sí, sí – casi imperceptible- Sigo caminando estoy en el camellón, al frente del desmadre están deteniendo el paso, chingo de voluntarios y Ejército México. ¿Qué hago? Espérame ahí, ya salgo con casco y chaleco, ve levantando los brazos para ubicarte rápido.
Pasan minutos y escucho ulular de sirenas, veo rostros desencajados, incrédulos, solidarios, un coraje que viene de lejos que se ha desarrollado a través de los golpes, intimidad al descubierto, con pena lloramos para adentro. Ahora observo maquinaria pesada y volquetas que ingresan lentamente a la calle lacerada.
Vuelve a sonar el teléfono, lo activo y escucho: ¿Qué pasó mano, no te ubico, dónde estás? ¡Ah! ¡ya te vi, ahí voy! No hay tiempo ni espacio para saludos y detalles. A lo que vinimos, me pongo el casco (improvisado), tapabocas, chaleco negro, guantes y cargo un mazo y el marro que se utiliza para demoler, avanzo con determinación, detrás de Mario (voluntario/guía), pasamos uno a uno los controles, hasta ingresar a la Escuela Primaria Simón Bolívar.
¡Ohh! La vista es impresionante. La imagen de por sí abofetea -de frente- como hace 32 años, otra vez respiro y palpo fragilidad, incertidumbre, ansiedad, solidaridad. Otra vez el terremoto del 85 –no hay tiempo para dubitar. Adrenalina al máximo, todos actuamos con la ebullición a flor de piel, a flor de alma. Registro con la memoria la constancia de esa valentía anónima, coraje de metrópoli herida, que intenta levantarse. ¡Carajo! Cuántas sensaciones. Achico aún más mis ojos -de por sí achinados-, resuello, aprieto los dientes, continúo.
Ruidos, palas, martillos, carretillas, sogas, polvo, megáfonos activos ¡Silenciooo! Puño en alto, y el mutis sepulcral –una y otra vez-. Son… somos rescatistas tras sobrevivientes, luego de unos minutos, la acción, después acción, y más acción y así desaforadamente.
Veo carretillas llenas de restos demolidos y me ocupo de una. Mario continúa tirando –junto a otros- de sogas amarradas a pilares “Uno, dos, tres…ahora…uno, dos, tres…ahora…”
El ajetreo es intenso y seguimos despejando escombros, papeles, fólderes, rollos de telas, también encuentro fragmentos de zapatos impares, supongo que al querer salvarse algunas víctimas los perdieron. Poco antes, las fauces de la implosión habían devorado gente, así que los primeros voluntarios sacaron cadáveres (algunos enteros, otros desmembrados).
La montaña de escombros del edificio era lapidaria, ubicado en Bolívar 168, esquina con Chimalpopoca, colonia Obrera, cerca del Eje Lázaro Cárdenas y metro Salto del Agua.
Después nos enteraríamos que medio centenar de personas trabajaban allí, pero muchos no habían logrado salir. La torre se había desvanecido en medio de una nube de polvo. No quedó nada, sólo una montaña de cemento y escombros Destrucción total… ¡21 personas muertas!
Increíble, ese día nos abraza la solidaridad y el dolor en primera persona, en directo, en tiempo real. Luego como periodista narraría circunstancias, emociones.
¡Aleeerta sísmica! !Alerta!
Tres días antes, la radio, televisión y redes sociales habían advertido que el martes 19 de septiembre a las 11 horas, se realizaría un simulacro para conmemorar el terremoto que devastó la ciudad en el pasado. Los altavoces emitirían la alerta sísmica. Todos los edificios e inmuebles tendrían que ser evacuados según el protocolo de seguridad.
Me encontraba ese martes 19, a las 13 horas y 14 minutos, en mi vivienda escribiendo breves reflexiones para plataformas digitales (con red social abierta), recordando 32 años del gran terremoto. Transcurría mi cotidianidad en tercer nivel (espacio reducido) donde está la biblioteca, ya había pasado el ejercicio recordatorio, cuando 40 segundos después, sentí el primer sacudón –en vaivén-, luego movimientos oscilatorios intensos, 9-10 segundos de silencio (pienso, falló la alerta) sigue el dantesco meneo, se cimbra la estructura, caen libros, globo terráqueo, casets. Bajo sin dudar las escaleras. ¡Alerta sísmica, alertaaa! Ya en la planta baja caen figuras de vidrio, un par se estrellan, recién me percato estoy descalzo, no importa en el estacionamiento nos cobijamos todos, parientes y vecinos. ¡Alerta sísmica, alerta! Todo se agita autos estacionados, árboles, postes de luz, estructuras habitacionales y también ladran y aúllan perros en las azoteas. Éste temblor es terremoto –pienso, no es normal- las ondas, duran demasiado (casi 3 minutos).
Recuerdo que mi teléfono y la red social quedaron abiertas en el tercer nivel, conectadas al Wifi habitacional. Deduzco por la magnitud, en minutos se caerá todo el sistema comunicativo sí o sí (además de la luz), así que actúo resuelto. Rápidamente subo al tercer nivel, corroboró que la conexión –increíble- continua (son las 13h: 18m) voy contra tiempo, Tomo mi celular, activo el Facebook video (transmisión directa) y llego a la azotea. Activo encendido y empiezo a relatar con voz entrecortada, las primeras impresiones del terremoto que acabamos de vivir. Esa señal –después me enteraría- fue tomada y reproducida cientos de veces por noticieros de canales de televisión de Argentina, Colombia y Bolivia.
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Parte 3
A 10 MESES: EL AUXILIO DE LA TRIBU URBANA. (Ciudad de México, jueves 19 de julio de 2018. Luego del último terremoto que vivió la ciudad de México hace 10 meses, al buscar una dirección cercana al metro Eugenia y Etiopia recordé la zona, en la cual viví décadas atrás. Casas Grandes, justo al frente de la Escuela de actuación Andrés Soler, como anécdota recuerdo haber encontrado varias veces al vecino Víctor Trujillo (Hoy Brozo), en pequeño local de alquiler de videos de la esquina o empujando su modesto automóvil que apenas marchaba, lo reconocía porque esos años cumplía mi servicio social en Imevisión (canal 7 y 13) y después del trabajo (generación de caracteres), visitaba los foros y programas en directo. Aquellos días iniciaba en “Tienda y trastienda” con Trujillo y Ausencio Cruz.
Al transportarme hoy al mediodía -por cierto- con pronóstico nublado y lluvias intermitentes, viajaba ensimismado, en realidad en julio llueve casi todos los días. Llegué a zona sur en la línea 3 del metro, colonia Narvarte buscando una editorial religiosa en calle Uxmal, para adquirir un encargo de mi madre, a metros de Yácatas y Beistegui. Antes allí existía un edificio de viviendas y en la planta baja una tienda de abarrotes, había colapsado, a diez meses el inmueble está sin escombros, pero con carpas donde algunos afectados continúan viviendo a la intemperie.
Somos una sociedad que se desdobla, se transfigura, se conduele en medio de su rutina dantesca, aun más al observar damnificados afectados por el terremoto. Un movimiento de tales proporciones, nos laceró –de facto- frente a fauces de una catástrofe que devoró vidas humanas y dejó escombros ensangrentados.
¡Carajo! Eso de aparentar frialdad a veces, con alerta sísmica y polvo persiguiéndote, luego en exterior encontrando desconocidos aterrados, pasmados, en shock –sollozando- intentado llamar a sus familiares. Lo vuelvo a revivir en videos del 19-S o al caminar ahora por Narvarte.
Me viene a la memoria también 1985, que dejó estupefactos y exhibió desorganización y ausencia de Estado los primeros días, incluida minimización de víctimas, en un gobierno que –quizá- pensaba no se les cayera el negocio del mundial de fútbol (1986).
En este terremoto de 2017, medio centenar de edificios colapsaron principalmente en delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez, Coyoacan, etc.
Cuando salimos luego de tropezarnos en las escaleras por la intensidad telúrica, a los pocos instantes ya se tenía registro de lo ocurrido y la imagen de histeria colectiva en la escuela Rebsamen. No se puede dejar de pensar en las personas que quedaron ahí atrapadas y la solicitud de personas para remover estructuras dañadas.
Al estar construida sobre una base lacustre los edificios de la ciudad de México son frágiles y susceptibles de sufrir daños a veces fatales, vaya si lo sabremos los capitalinos.
Al hacer el segundo despacho de prensa en Antonio Caso e Insurgentes (cerca al monumento a la Revolución), en el carril del Metrobús, ví jóvenes al descubierto en plataformas de camiones y ambulancias trasladando heridos. Otros, pidiendo aventón sobre el eje central y solidaridad instantánea, en un tráfico atípico, lento y dolido.
En un derrumbe cerca de avenida Lázaro Cárdenas, observé con plenitud el auxilio de la tribu urbana, personas de toda condición social, trayendo botellas de agua, tablas, palas, mazos y cualquier herramienta que tuvieran a mano. Sobrevolaban helicópteros de protección civil, mientras crecía el ulular de bomberos y ambulancias.
Me di cuenta que tenía que estar ahí, aun zarandeado como en 1985, pero ahora más consciente del sismo reciente. Así que me incorporé como miles de ciudadanos, por otro lado con la tecnología actual, en descansos -me dije- registraré lo que alcance y pueda.
Estuve en los escombros del edificio de Bolívar y Chimalpopoca, Colonia Obrera, donde meses después quedan todavía dudas del colapso de la fábrica de ropa y locales, además de preguntas sin responder ¿Quiénes son los responsables de sus fallas estructurales?, ¿Quiénes son los verdaderos dueños?, ¿Cuántas personas trabajaban ahí?
En el céntrico lugar convivían costureras mexicanas e indocumentadas, empresarios coreanos asiáticos y de otras nacionalidades de Centroamérica, los más frágiles los indocumentados. Más dudas sin respuestas.
Diez meses después, de aquel martes 19 (13 h:14 m:40 s.) los primeros instantes me veo en el estacionamiento del apartamento que habito, allí siguió temblando un minuto más, espantado y agarrado de autos parados aún en vaivén, impresionante.
Aquí nos tocó, donde cada temblor nos fragmenta y a la vez une, donde todos los días tiembla (a distintas intensidades), y como nos recordaba Gabriel García Márquez en sus relatos autobiográficos “hay que vivir para contarla”.
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CONTEXTO: ¿Cuál fue la magnitud del Terremoto? El sismo del 19 de septiembre de 2017 se registró a las 13:14:40 horas, con magnitud 7.1 y epicentro 8 km al noroeste de Chiautla de Tapia, Puebla a una profundidad de 55 km aprox. Fueron afectados por este sismo: la ciudad de México, Morelos, Puebla, Estado de México, Guerrero, Oaxaca y Tlaxcala, reportándose centenares de muertos.
Este evento ocurrió el mismo día que otro de 8.1 de magnitud (19 de septiembre de 1985), hace 32 años el daño estructural fue mayor y catastrófico y también las víctimas (Se estima que más de 10,000 personas perdieron la vida).
(*) Periodista (Escuela de Periodismo CSG) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).
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